La mujer de los milagrosPor Facundo BañezEse 4 de diciembre de 1907 fue imborrable. Llevaba sobre sus espaldas el claro objetivo de misionar en tierras desconocidas y el peso agotador de veinte días de viaje sobre el océano Atlántico, y acaso era todavía demasiado joven para imaginarse en qué terminarían tantos sueños hechos a la hora de la oración nocturna, allá, en su ahora lejana cama del noviciado de Savona. Pero cuando vio desde la baranda del viejo vapor "Lombardía" el caserío de chapa apilado junto al río, los gatos inmóviles sobre los techos portuarios, las ropas tendidas a secar al sol y los barriales de una misteriosa Buenos Aires, nadie duda de que Sor María Ludovica, con apenas 27 años recién cumplidos y un español inentendible, experimentó una reveladora sensación de grandeza, única y nueva, mezcla de angustia tristona por lo que dejaba atrás y emoción caritativa por todo lo que el futuro incierto le tenía reservado.
Había nacido en la madrugada de un 24 de octubre de 1880 con el nombre de Antonia. Era la primera de una familia de ocho hermanos criados y educados por el matrimonio entre Ludovico De Angelis y Santa Colaiani, dos campesinos de San Gregorio, un pueblito de calles angostas y polvorientas de la provincia de L' Acquila ubicado a unos 70 kilómetros de Roma. Los De Angelis vivían en una derruida casona solariega donde la tradición familiar marcaba una sola cosa: quien nacía en esa tierra, trabajaba y moría en esa tierra.
Así lo recibió "Antonina" en su infancia y así lo cumplió con rigurosa dedicación hasta los 25 años, cuando supo que su vida no estaba en esos parajes de mediodías al sol sino en unos más reservados y silenciosos: los parajes de la fe. La primera en saberlo fue su madre, pero Santa Colaiani le dijo a su hija lo único que podía decir una mujer del 1900 en una Italia rural y devota: "Que decida tu padre".
Fueron palabras premonitorias, porque a los pocos días Ludovico reunió a toda la familia y les comunicó la decisión: Antonina los dejaría para ordenarse como monja en un noviciado de Savona. Ni Santa ni Antonia supieron nunca qué fue lo que hizo decidir a don Ludovico luego de largas peleas y repetidas negativas, pero hay quienes juran y perjuran que detrás de esa dolorosa autorización se escondió el ruego discreto pero tenaz de Anselmo, el viejo párroco de San Gregorio con el cual Antonia compartía desde chica sus secretos más celados.
Haya o no haya sido el pedido del párroco del pueblo lo que terminó de convencer a Ludovico, lo cierto es que el 3 de mayo de 1905 Antonia ingresó al noviciado de las Hijas de Nuestra Señora de Misericordia y recibió el nombre de Sor María Ludovica, y apenas unos meses después hizo sus votos de pobreza, castidad y obediencia. Sin embargo, sus días de oración y trabajo comunitario en el convento de Savona no duraron mucho, acaso menos de los que esperaba la propia Ludovica, quien a mediados de 1907 recibió la orden de ir a misionar junto a otras hermanas a hospitales y colegios de Sudamérica.
Fatigada por las horas en vela estudiando el español y nerviosa ante semejante cambio de rumbo, Sor Ludovica salió del puerto de Roma el 14 de noviembre de 1907 en el vapor "Lombardía" junto a otras cuatro religiosas de su congregación. Veinte días después, tras largas noches sin tiempo y tardes de horizontes inalcanzables en medio del océano, el "Lombardía" llegaba al puerto de Buenos Aires con una monja cuya historia recién empezaba a escribirse.
Luego de pasar Navidad y Fin de Año en Buenos Aires, durante los primeros días de 1908 Sor María Ludovica recibió la orden de ir al Hospital de Niños de La Plata para encargarse de la cocina, la despensa y la ropería. Eran tiempos en los que al hospital platense se lo conocía como la "casa grande" y su edificio se reducía a una alambrada, un portón y dos salas de piso de madera con algo más de sesenta camas.
Cuentan quienes la conocieron años después que la monja italiana no durmió ni un instante la noche de su llegada, asustada por la nueva oscuridad, y que rezó cuantas oraciones recordaba para conjurar calamidades y acechanzas de la noche, mientras el murmullo de los niños dormidos en los cuartos vecinos se filtraba por los ventanucos de la antigua sala. Sin embargo, fue habituándose poco a poco a los nuevos olores, a los nuevos ruidos, y no tardó mucho en reconocerse en medio de ese reciente paisaje.
Lo primero que hizo al llegar fue colgar un crucifijo en la pared de su cuarto y organizar la comida de cada día. Trató de imponer criterios novedosos y medidas de seguridad hasta ese entonces no tomadas en "la casa grande", pero no le fue tan fácil como había supuesto en sus entusiasmos juveniles, pues la hasta ese entonces precaria casa de salud se empecinaba en sus supersticiones atávicas, como la de creer que los niños que desaparecían de noche era causa de los fantasmas que ingresaban a la hora del descanso.
Al año de haber llegado, el doctor Carlos Cometto le propuso ser la administradora del centro asistencial, y siete años después, tras la muerte de Sor María Rita Libardi, asumió como madre superiora del hospital. Fueron tiempos de mucho sacrificio, tanto que el empeño de la nueva superiora hacía posible que esa precaria casa de salud empezara poco a poco a ser un ejemplo de hospital en el país y el continente.
La rutina de aquellos días incluía un viaje diario que la superiora emprendía con un grupo de chicos subidos en una carreta municipal para pedir donaciones. Todavía la tuberculosis y el tétanos hacían estragos entre los más pequeños, y la idea de pedir ayuda casa por casa era una de las tantas estrategias que Sor Ludovica veía como herramienta digna y noble para pelearle a las enfermedades.
Las horas que le quedaban libres entre las rondas con la carreta municipal, consideradas de vanguardia para la época, y los proyectos para construir nuevas salas y que ella misma se encargaba de planificar, las consagraba a enriquecer sus conocimientos médicos. Había llegado a tener tanta experiencia en el trabajo hospitalario que a veces ella misma ayudaba a los médicos en operaciones de urgencia, aplicando una careta con éter y cloroformo para anestesiar a los enfermos y hasta colaborando con el vendaje final de una herida.
Entre los años 1925 y 1932 el esfuerzo de Sor Ludovica hizo posible que se construyera el pabellón de cirugía, otro para lactantes y enfermos de otorrinolaringología, un departamento para médicos internos, un salón de sesiones científicas, el servicio de rayos X, consultorios externos, el servicio de odontología, la farmacia, el vestíbulo, la capilla y el lavadero mecánico. En 1934, incluso, la superiora promovió también la construcción de seis salas para enfermos de ambos sexos con capacidad para 180 chicos.
Uno de esos chicos, Diómedes Corneli, ingresó al hospital el 13 de agosto de 1930 con una grave neumonía, y al morir su madre mientras él estaba internado, el destino quiso que quedara al cuidado de Sor María Ludovica. "Ella nos cuidaba como una madre -contaría Corneli mucho tiempo después-. Es más: ella fue quien me salvó la vida".
Lo que cuenta Diómedes ocurrió una tarde de 1934, cuando él y otros chicos estaban en el patio jugando a la pelota. Un pelotazo del pequeño Diómedes fue a parar a los techos del hospital y todas las miradas lo acusaron con un claro y silencioso mensaje: debía ser él quien fuera a buscar la pelota. Diómedes miró a sus amigos con una súplica recóndita de temor, pero ya era tarde y sabía lo que tenía que hacer. Fue así que trepó los cinco metros que separaban el suelo del techo y, ante la mirada atónita y algo temerosa de sus compañeros, trató de manotear la pelota. Trató pero no pudo. En una mala maniobra, pisó mal y fue a parar de cabeza contra el suelo. En un segundo, el patio tranquilo se convirtió en un pequeño charco de sangre y fue invadido por el griterío aterrado de los pibes.
Estuvo tres días en coma, y al tercer día los médicos resolvieron hacerle una delicada cirugía de cráneo. Pero Sor Ludovica se opuso. Nadie sabía por qué, pero ella dijo simplemente que había que esperar. Así lo hicieron, y al día siguiente el pequeño Diómedes abrió los ojos milagrosamente.
Mientras Diómedes se recuperaba y volvía a dar sus primeros pasos, los médicos de la casa de salud se miraban unos a otros sin entender y sin siquiera animarse a pronunciar la palabra sagrada: milagro. Así y todo, y acaso venciendo el respeto sacramental que impartía la italiana, uno de ellos se acercó una tarde a Ludovica y, casi en voz baja, le preguntó por qué se había negado a que se hiciera la operación. La superiora apenas sonrió y, haciendo uso de esa parquedad cordial que alguna vez alguien le elogió, dijo sin inmutarse: "Dios me dijo que no era necesario".
Acaso el trabajo, las horas cansadas y el ir y venir por las calles platenses pidiendo donaciones para el hospital, hicieron que la salud de Ludovica empezara poco a poco a flaquear. En 1935 una dolorosa enfermedad renal la postró durante varias semanas. Los médicos estudiaron el caso y decidieron extirparle el riñón, tras lo cual varias secuelas quedaron en el golpeado cuerpo de la superiora: dolores de cabeza, insomnios, trastornos en las vías urinarias, retención de líquido, hemorragias y una tremenda hinchazón de piernas que la hacía caminar con un andar demasiado lento para quienes la habían conocido años atrás.
Algún tiempo después de la operación, la congregación de religiosas del hospital le propuso a Sor Ludovica tomarse un período de descanso, el primero tras casi treinta años de trajines y desvelos. La superiora se embarcó así en el trasatlántico "Giulio Césare" y ya en Italia pasó sus días visitando laboratorios y hospitales para traer experiencias nuevas en su regreso a la Argentina.
La mañana que volvió al país la bahía berissense era un remanso de aguas tibias. Por encima de la bruma flotante, Sor María Ludovica vio los techos del frigorífico dorados por las primeras luces, vio los palomares en las terrazas de los conventillos cercanos, y orientándose por ellos trató de localizar el lejano lugar en el que debía estar su querido hospital, allá, hacia el oeste, donde suponía que a esa hora los chicos dormían y los médicos empezaban con sus primeras rondas. Esa suposición acaso la llenó de ternura, pero no hizo nada por agigantarla o reprimirla, sino que se valió de ella para hacer lo que ya sabía que tenía que hacer.
A los pocos días de bajar por la explanada del barco y dejar su viaje detrás, el 16 de setiembre de 1937, la superiora pidió ante el ministerio de Obras Públicas una chacra de 47 mil metros cuadrados en City Bell para cultivar y criar animales. El lugar era despejado y tranquilo, con el berrinche de los cerdos amarrados y el alboroto mañanero de las gallinas.
Le siguieron después, en 1943, la construcción de un solario en Mar del Plata y la habilitación de nuevas salas en el hospital platense. En 1951, el ministro de Salud bonaerense Carlos Boccalandro preparó un decreto para que el Hospital de Niños llevara el nombre de Sor María Ludovica pero, por cuestiones administrativas, el homenaje pudo concretarse recién tras su muerte. A Ludovica esa cuestión jamás la inquietó. "No hay mejor homenaje que estar en comunión con Dios", decía siempre, y así lo dijo también pocos días antes de morir, el 25 de febrero de 1962, con 82 años y una titánica obra sobre su encorvada espalda. Ese día, luego de la extremaunción dada por monseñor Antonio José Plaza, las campanas de la Ciudad tañeron lúgubres y el latín de los responsos invadió la capilla del hospital con una suavidad de sábanas recién cambiadas. Esta vez no era arriba de un barco, pero al igual que otras veces la vida de la reciente beatificada monja platense emprendía un nuevo viaje hacia una historia que, aquí también, recién empezaba a escribirse.